 Niños con fobia escolar
Mi hijo no quiere ir a la escuela Este cuadro relativamente frecuente puede verse tanto en varones como en niñas y a cualquier edad, si bien es más probable entre los cinco y los siete años, y entre los once y los catorce. Generalmente empieza de a poco. En este caso, los niños empiezan por decir que no quieren ir a la escuela, pero frente a la firmeza de los padres terminan yendo. Pronto empiezan los malestares físicos -"me duele la cabeza" o la garganta, o la panza-, los cuales pueden ser reales y una manifestación de la ansiedad que la situación les produce. A veces antes de salir, otras ya en la escuela aparecen estos dolores y malestares que ceden de inmediato si se queda en casa o lo van a buscar al colegio, pero reaparecen al otro día ante la sola mirada de la mochila. Algunos días la ida no es tan difícil, otros se quedan en el hogar, ya sea porque realmente parece enfermo o porque los padres creen que “dejándolo descansar un día” se le va a pasar. Algunos días pueden ser peores o mejores que otros dependiendo de la actividad que tengan en la jornada, pero ¡los lunes! después de todo el fin de semana en casa con los padres, la separación se vuelve muy difícil. Hasta que finalmente la resistencia se hace más intensa, más dramática, y los padres presenciarán con mucho susto y dolor una verdadera crisis de pánico en su hijo. Llantos, forcejeos, corridas, tiradas en el piso, ya sea en casa o en la puerta del colegio, sin aparente pudor por el espectáculo que están dando. Otras veces el inicio es más abrupto y rápidamente, casi sin etapas, la ida a la escuela se vuelve una lucha intolerable. Tipos de niños con fobia escolar Algunos de los niños aquejados por esta fobia se esfuerzan por superarla y luchan contra el miedo: se visten, agarran la mochila, salen y toleran hasta que pueden, que no suele ser mucho. Otros no pueden siquiera soportar la idea de tener que ir a la escuela. Generalmente no tienen problemas para hacer los deberes que les mandan o poner al día la tarea atrasada, siempre y cuando sea en casa. Lo que no se tolera es la situación escolar, y en algunos casos la distancia de los padres o de sus sustitutos. Algunos, fuera de la situación escolar presentan un comportamiento completamente normal. Otros no. Unos cuantos tendrán -acompañando a la situación escolar- elementos depresivos y/o ansiosos: tristeza, retraimiento, otros miedos, malestares físicos variados sin causa orgánica detectable, problemas para dormir, para comer normalmente, dificultades para separarse de sus padres. ¿Por qué le pasa esto al niño? Es la pregunta que se hacen padres y maestros. A veces inducidos por la inevitable pregunta de los padres: "¿Por qué? ¿Te pasó algo?", el niño puede dar diferentes motivos: "la maestra grita, mis compañeros no quieren jugar conmigo, fulanito me pelea", que años no son más que racionalizaciones forzadas de una emoción perturbadora que se basa en ideas irracionales de las que generalmente no es consciente. Estas situaciones muchas veces se precipitan luego de algún período de vacaciones o después de una enfermedad que los mantuvo en casa por unos días. Con mucha frecuencia en los meses previos la familia sufrió algún evento estresante: enfermedad o muerte de algún allegado, una mudanza, alguna pérdida significativa. Es probable que estas experiencias, actuando sobre un terreno vulnerable, sean las que pongan en marcha el proceso cognitivo silencioso que culminará con la expresión visible de la fobia. El terreno vulnerable para la instalación de las fobias tiene un doble origen: biológico y de la experiencia. Es ya sabido que hay familias de ansiosos, familias donde hay muchos depresivos, otras donde son casi todos hiperactivos. Al nacer venimos con una carga genética que nos condiciona para que seamos más o menos propensos para responder emocionalmente de alguna manera a determinados estímulos. Pero igualmente importante, y quizás más determinante, es lo que surge del aprendizaje permanente que nos brinda la experiencia de vida de cada uno. Si un niño es criado con un estilo sobre protector o de gran aprehensión o de gran aglutinamiento familiar, no es raro que se vaya vulnerabilizando para tener miedo, para no tener la seguridad suficiente en sí mismo ni confiar en nadie que no sean sus padres, para sentir que el mundo es demasiado hostil para lo que puede soportar. ¿Qué hacer cuando mi hijo le tiene fobia a la escuela? Si bien éste es un cuadro dramático por el sufrimiento que acarrea al niño y a sus allegados, y por las consecuencias académicas y sociales que produce, suele evolucionar favorablemente con un tratamiento adecuado y oportuno. En psiquiatría lo consideramos una emergencia, ya que cada día que el niño pase sin ir a la escuela es terreno ganado por el miedo irracional. Si bien cada caso es diferente y como tal necesitará una estrategia terapéutica especialmente diseñada para satisfacer las necesidades y dificultades de ese niño y esa situación, hay algunas premisas básicas que podemos recordar. - Es muy importante la consulta precoz: cuanto antes desarticulemos los mecanismos fóbicos, más fácilmente será todo y menos consecuencias emocionales, académicas y sociales se sufrirán.
- En ésta como en tantas otras situaciones es imprescindible el aporte coherente y coordinado de todos los involucrados con el niño, fundamentalmente sus padres y sus docentes.
- El objetivo número uno será devolver al niño al carril adecuado: tiene que volver a la escuela. No existe otra manera de superar los miedos que enfrentar lo que se teme. Es el único camino por el cual reaprenderemos a no temer lo que no corresponde. Que tanto padres como maestros entiendan que llevarlo a la escuela y mantenerlo allí es la mejor forma de ayudarlo, es un paso imprescindible para que el tratamiento sea exitoso.
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