Familias y Vidas
 
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La vida en pareja

La vida en pareja

Las parejas y la diferencia de edad

Según los cánones tradicionales, la vida en pareja ideal es aquella en la que el hombre le lleva varios años a la mujer. Y lo cierto es que si miramos a nuestro alrededor, la mayoría de los matrimonios cumplen a rajatabla la sagrada regla de que él sea entre dos y cinco años mayor que ella. Pero, lentamente, la sociedad empieza a permitir, sin rasgarse las vestiduras, que esta misma diferencia de edad se dé a la inversa, lo que hace algunos años era impensable.

Claro que las cosas no han cambiado tanto ni tienen visos de modificarse en el futuro próximo, cuando se habla de diferencias más sustanciales, de diez, quince o veinte años. Entonces es cuando se aprecia claramente que para la sociedad no tiene las mismas connotaciones la unión entre un hombre de 40 años y una mujer de 25, que la de un hombre de 25 y una mujer de 40.

Las relaciones de pareja

La relación de pareja entre una chica joven y un hombre maduro no está mal vista por la sociedad, que refrenda con un guiño de complicidad la habilidad del varón para conquistarla. Pero para los psicólogos, en estas relaciones, la mujer busca una seguridad afectiva en un marido-padre, sustituto de aquel que la protegía y guiaba de pequeña. Y también, algunos factores crematísticos, como una posición socio-económica estable, que suele ser un atractivo con mucho peso específico.

El hombre, por su parte, con una cultura erótica fundamentalmente visual, se siente atraído por la belleza, que los medios de publicidad identifican cada día más con mujeres muy jóvenes. Y se produce entonces un intercambio en el que ella aporta la energía de la juventud, y él el saber hacer de la experiencia. Este factor es determinante en el tema de la sexualidad. El, a partir de cierta edad, sabe que ya no cuenta con la potencia que tenía a los veinte años pero, a cambio, ha ido acumulando una gran sabiduría sexual. Conoce mejor el cuerpo de la mujer y sus reacciones, y es consciente de que para disfrutar plenamente del sexo, ella necesita mimos y ternura además de pasión.

En este terreno, el problema puede aparecer cuando el hombre, en lugar de sacar provecho de sus limitaciones físicas (aunque es un amante más experto, tarda más tiempo en conseguir la erección y ya no puede batir récords en una noche), se angustia temiendo no estar a la altura de las necesidades de su joven esposa. En los casos más graves, este tipo de reacción puede originar disfunciones sexuales, como impotencia y eyaculación precoz.

También puede ocurrir que con el paso de los años, y una vez que ella ha absorbido de él todo aquello de lo cual se enamoró (sabiduría, status social, experiencia...), las diferencias de gustos, actividad y educación se hagan cada día más patentes, y surjan conflictos con los que en principio no se contaba.

Cuando el hombre es el más joven de las pareja

Menos frecuentes y difícilmente aceptadas por la sociedad son las parejas en las que es la mujer la que le lleva más de una década al hombre. Este tipo de relaciones son consideradas, en la mayoría de los casos, como morbosas y rayan en lo prohibido. A ella se la califica de loca y viciosa, y a él de gigoló, que sólo se interesa por el dinero que, se supone, ella le proporciona.

Y es que no se entiende qué atractivo puede encontrar un hombre joven en una mujer madura. Esto es lógico si tenemos en cuenta que, tradicionalmente, se considera que los dos mayores valores de la mujer son la belleza, que se asocia indefectiblemente con la juventud, y la capacidad procreadora, que rara vez supera los 45 años.

Sin embargo, la chispa que une a estas parejas es muy similar a la del caso anterior. Ellas se sienten atraídas por la vitalidad y la pasión de la juventud, y ellos, por la experiencia y la serenidad de la madurez.

En estos casos, donde menos problemas surgen es en las relaciones sexuales. Tras arduas investigaciones, a los sexólogos no les ha quedado más remedio que reconocer que la capacidad femenina para disfrutar del sexo aumenta con la edad, alcanzando su punto culminante hacia los 40 años y disminuyendo de una forma más lenta que la masculina. Los varones, en cambio, consiguen su máxima potencia sexual a los 20 para, desde ese momento; ir declinando progresivamente. Según esto, y desde el punto de vista meramente sexual, la unión perfecta sería la de una mujer de 40 con un hombre de 20. Cabe consignar que frecuencia y rendimiento en el varón de 20 años no es sinónimo de sabiduría sexual, la cual -en este caso- sería aportada por la mujer.

Pero lógicamente el sexo no lo es todo. Con el paso del tiempo, estas parejas también tienen problemas de adaptación, de celos y de evolución. Muchas veces el hombre, que en un principio buscaba en la mujer madura una cierta atención maternal, al cabo de unos años ha crecido psicológicamente lo suficiente como para no necesitar ser protegido y cuidado por su compañera. Y lo que en principio fue el motor del amor puede llegar a ser una rémora que dé lugar a una profunda crisis.

¿Hay edad para el amor?

A la hora de la verdad, la mayoría de las parejas en las que uno de los dos es mucho mayor, reconocen que sus relaciones han sido tan buenas o tan malas como las de las parejas consideradas "normales". Y es que, en realidad, en la convivencia diaria lo de menos es la edad.

Este factor influye más en el entorno que en la relación que mantienen un hombre y una mujer que, desde el principio, saben y asumen sus respectivas fechas de nacimiento. La relación con las respectivas familias es sumamente importante. Por ejemplo, es mucho más fácil que la madre de un hombre joven acepte sin tantos reparos a una nuera madura si entre ellas existen al menos quince o veinte años de diferencia, pero no si las dos tienen prácticamente la misma edad. Cuando el de mayor edad es el hombre, el padre de la mujer suele hacer buenas migas con él, ya que comparten gustos, aficiones y, en ocasiones, planteos generacionales.

Sea como fuere, el peor enemigo de las parejas "dispares" es la sociedad, que penaliza a los que incumplen las normas. Unas normas que, aunque no estén escritas, son casi de obligado cumplimiento.

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